El viejo de la vereda

Tres hombres, integrantes de una amistad sagrada que ha perdurado casi inexpugnable en el tiempo. Un viejo y una vereda. Historias que se entrecruzan, van y vienen, y marcan la vida de cada uno de los personajes. ¿Y vos, le temés al viejo de tu vereda?




El viejo de la vereda

“Uy, las cervezas”, pensó. Las había comprado esa tarde al volver del trabajo pero por esas cosas de la vida, que pasan y se roban los pensamientos, el six-pack jamás llegó al freezer. Porque las birras se toman heladas desde tiempos inmemoriales. O desde que alguien se avivó e inventó las heladeras.

Juan Pablo era bibliotecario y su palacio de libros era la humilde biblioteca municipal. Ese lugar poco frecuentado por la adolescencia y en el que todos esperaban encontrar una vieja atrás del escritorio. Pero no, estaba él, un muchacho que estaba a un tiro de piedra de los treinta años.

Una vez depositadas las cervezas en el lugar en el cual tendrían que haber estado desde un principio, volvió a concentrarse en su faena. Faltaba un rato para que llegara su amigo de toda la vida. Era noche de viernes, noche de birras.

Llevaba tres años escribiendo su novela y otra vez su personaje principal había dado con uno de esos obstáculos infranqueables. De esos que solo pueden atreverse a salvar aquellos que han osado sumergirse en el mar de la literatura. No obstante, Hugo, el protagonista, se las veía negras.

-Igual tengo tiempo- le dijo a su gato- Nico dijo que venía ocho, ocho y pico.

El gato era suyo cuando estaba en su casa. Del vecino cuando estaba en la de al lado. En fin, del barrio. Y por eso su nombre variaba como el color del camaleón, aunque no dependiendo del entorno natural. Más bien, del social. En su propiedad caminaba bajo el nombre de “Fito”, pero nunca pareció darse por aludido.

*

Nicolás era abogado. Como a tantos y a tan pocos les pasa en la vida, estaba verdaderamente contento con la profesión que había decidido estudiar. Hace un par de años había abierto un estudio jurídico con dos conocidos y les estaba yendo de maravilla. Desde el primer día que le generaba una inmensa satisfacción el hecho de ver su apellido ahí, en el cartel arriba de la puerta que daba a la calle. Y esa alegría no había cambiado.

Le encantaban las noches de los viernes porque las cervezas eran infaltables. El alcohol es común denominador de peleas conyugales, disturbios, papelones públicos, pero a veces se digna y colabora a la continuidad eterna de una amistad. Eso era. Una especie de ritual.

Esa noche tocaba en lo de Juan. Vivía medio alejado del centro de la ciudad, pero todavía disfrutaba de la vida de soltero y si tenía alguna amante dando vueltas, cuidaba de que no arruinara el ritual de los viernes. Cuando Juan venía a su casa, en cambio, su esposa a veces entorpecía la jugada. Sin querer, obviamente, porque Lili era más buena que el pan y no dañaría una mosca ni aunque esta mutara y amenazara con comerla. Pero hay momentos entre camaradas que son sagrados.   

Es que hasta un año y medio atrás, las reuniones eran tripartitas. Mateo era el otro vértice del triángulo que supo ser geométricamente indivisible. Ahora vivía en España y esperaba una hija de una catalana que lo había cautivado quién sabe cómo. Por lo menos, tras la invitación al casamiento europeo de su amigo, pudo aprovechar y pasar una semana con su mujer en la Costa Brava.

No obstante, seguía sin terminar de comprender cómo una hincha culé pudo encontrar la fórmula para deshacer la trilogía. Si Mateo hasta hace tres años simpatizaba por el Atlético de Madrid, decía que Messi no servía para la selección, que Neymar era un brasilero maraca.

De un día para el otro, zas, colorín colorado, “visca el Barça”, Messi pasó a ser el mejor jugador del mundo y “che, cómo mejoró este pibe Neymar”. Camiseta del Barcelona y si te vi colchonero, no me acuerdo. Eso sí, los tres siempre fueron hinchas de Boca. Pero había que tener equipo europeo para apostar en los partidos de Champions.

Miró los carteles de la autopista y ya le señalaban que estaba cerca. Apagó la radio porque la maldita interferencia se estaba encargando de arruinar la voz de Freddie Mercury cantando Don’t stop me now y puso el guiño para agarrar la siguiente bajada. 

*

Escuchó el ruido que hace una puerta de auto al cerrarse y enseguida el breve sonido de la alarma al activarse.

 - ¿Cómo va, Juampi? ¿Compraste las birras?
 - Pero claro, papá. Justo hoy tuve un día de mierda en el laburo, un viejo se me vino a quejar por pavadas. Pero bue… Las birras son lo que me hace falta. Eso sí, recién las puse en el freezer así que vamos a esperar un rato a que se enfríen.

Al viejo García no se le escapaba nada. Dejaba la ventana entreabierta y las cortinas a medio correr para tener el panorama de lo que pasaba en la cuadra. Era su pasatiempo junto con completar autodefinidos y leer a Nietzsche. Vivía de su jubilación, si a eso se le puede llamar vivir.

Tenía 65 años y era policía retirado con honores. Pero ya hacía casi 15 años de eso y su vida había sufrido cambios radicales. Su mujer lo había dejado tras una denuncia por violencia doméstica a un año de su retiro de la fuerza. Y sí, se le había “escapado la mano” un par de veces.

Esas cosas antes quedaban puertas adentro pero la sociedad avanzaba mucho más rápido que él. Curiosamente el caso no trascendió en los medios de comunicación locales porque todavía tenía contactos frescos en el poder. ¿Quién no le debía unos favorcitos al excomisario García? Sin embargo, firmó el divorcio y estuvo un par de meses bajo tratamiento psiquiátrico. No tanto por él, sino por recomendación de su abogada.  Una cuarentona divorciada que sí lo respetó bastante bien al excomisario. Por lo menos por unos años. Después también se fue.

Se acercó a la ventana y vio que su vecino hablaba con uno de sus habituales amigos.
“Este puto se la come todos los viernes”, dijo en un susurro.

Igualmente, fuera puto o no, no le molestaba tanto. Sí lo enfurecía a sobremanera que estacionara el auto en su vereda.

Sin darse tiempo para pensarlo, agarró su viejo palo de golf y salió.

 - Escuchame pendejo, sacá el auto de ahí.
 - ¿Qué?- dijo el dueño del auto.
 - ¿Sos pelotudo? Sacá el auto de mi vereda.
 - Yo estaciono donde se me cante, esta no es su vereda, es pública.
 - Ustedes pendejos de mierda creen que pueden llevarse el mundo por delante. ¿Vos sabés quién soy yo? ¿Eh? No, no tenés ni idea. Si sos un puto ignorante. Ya vas a aprender a no estacionar en mi vereda.

Blandió el palo de golf en gesto amenazador. Antes de que pudiera acercarse y empezar a destrozarlo todo, su vecino intercedió:

 - Cálmese, señor García. Nico, mové el auto y nos ahorramos problemas, por favor.

El otro, medio reacio al principio, finalmente accedió y fue a estacionar a otro lado.

 - Sí, hay que cagarlos a palos para hacerse entender acá- susurró el viejo.

*

El asunto no pasó a mayores para suerte de todos. Después de esa noche ya ninguno de los amigos de Juan Pablo estacionó en ese lugar.

- No pares ahí que el viejo ese está loco- se encargaba de decirle el dueño de casa a quienquiera que lo visitara. Para evitar problemas.

Más allá de eso el viejo García no molestaba. Pero por alguna extraña razón estacionar el auto en la vereda delante de su casa era como un insulto a su alma. Jamás se enteró el porqué y tampoco se molestó en juntar el valor necesario para ir a tocarle timbre y preguntárselo. Hay cosas que es preferible no saber en esta vida.

“Acordate que un día va a venir uno más loco que ese viejo de mierda y la cosa va a terminar mal”, le había dicho Nicolás como seis meses después de su enfrentamiento con el excomisario.

Fue casi a mediados de diciembre de ese año. Era el primer almuerzo de reencuentro del triunvirato sagrado en tierras rioplatenses. Nicolás había ido con Lili que estaba embarazada de unos cuantos meses.

Mateo, con la catalana y su hijita de casi medio año de vida; él, contento de poder hablar con argentinismos y ser entendido, ella, congraciando enseguida con los amigos de su marido, ayudada por la pequeña que no paraba de babearle el hombro.

Juan Pablo, por su parte, con su nueva novia. Por fin se había animado a cierto compromiso, después de haber salido un par de meses. La había conocido cuando fue a hablar con la mujer que editó su primera novela. La secretaria, Romina, fue quien lo cautivó. Y algunos aseguran que el amor a primera vista no existe.

Ellas pusieron la mesa y ellos terminaban de hacer el asado (en realidad, el único que sabía hacerlo bien era Nicolás). En el momento que Romina se acercaba con una bandeja llena de panes recién cortados para preparar los choripanes, tres disparos rompieron la tranquilidad del mediodía de domingo.

Un grito ahogado, pasos apurados, el ruido de un portazo, motor, chirrido de gomas y de nuevo el silencio. Aunque ahora el mismo silencio había adquirido connotaciones completamente diferentes.

Los tres hombres dejaron todo como estaba y corrieron hacia la parte delantera. Romina, que había dejado caer los panes por el susto, se apresuró a entrar a la casa.

A la carrera el abogado sacó su celular y marcó el 911, creyó suponer lo que había pasado. Incluso creía acordarse de habérselo advertido a Juan Pablo unos meses atrás.


En el suelo y sosteniendo con fuerza su palo de golf, yacía el viejo García con la mirada perdida en el cielo. Tres balazos formaban un triángulo en su pecho y la sangre continuaba derramándose sobre su vereda. 

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