Mientras haya bares: Los bares eran una fiesta


“Cuando todo te parece una mierda, y a lo mejor lo es, o no hallas refugio contra tus fantasmas, o cuando en casa hay demasiado ruido, incluso demasiado silencio, pero necesitas seguir escribiendo, siempre te queda el bar. De hecho, mientras haya infierno y bares cerca, hay esperanza. Nada está bastante perdido si todavía puedes dar un portazo, irte de casa y bajar al café”. Así rezan las primeras líneas de la columna que escribió Juan Tallón para Jot Down en 2013 y a la que se le dio por intitular “Mientras haya bares...”. Tres años después, ese mismo título serviría para el libro “Mientras haya bares”. Y dos años después de eso, y luego de esperar un mes para que cruce el charco, llegó a mis manos por fin. Lo bueno es que es bastante perenne, porque siguen habiendo bares. Menos mal.


A Tallón lo descubrí de casualidad en Twitter hace ya, quiero creer, varios años. Por lo menos dos. Y desde ese momento que casi no me pierdo ninguna de sus columnas. Quizás sea por eso de que es periodista y escritor, o escritor y periodista, o periodista o escritor. Lo que sí es seguro es que, sin haber leído aún ninguna de sus novelas, muchas de sus columnas son resonantes y así te dejan. Desde las que tratan la fauna futbolística (bastante sobre el Atlético de Madrid) hasta las que tratan sobre aspectos de la vida en general. Y de las que nos ocupan hoy, de esas que siguen existiendo “Mientras haya bares”. 

Objetivamente, nada suena menos atractivo que una recopilación de artículos ya escritos y publicados en los periódicos El País, El Progreso, Jot Down, y el sitio web descartemoselrevolver.com. El problema surge cuando el sujeto comienza a internarse en la cuestión y ahí el objeto se transforma en una fiesta. De esas que se celebran en los bares y que no suele saberse cuál es el motivo real del jolgorio, porque no importa. Así es este libro de Tallón, en donde columna tras columna le agrega su toque (no sé si hasta magistral) de mezclar anécdotas, personajes de distintas novelas, música, cultura, más literatura, cine, y un gran cimbronazo de etcéteras. Una de esas fiestas en las que, de repente, te los podés cruzar a Borges, a Cortázar, a Paul Auster, Fitzgerald, Dostoievski, Onetti, César Aira, Woody Allen, Faulkner, Dickens, Hemingway, Hitchcock. Como si fuera una escena de la película “Medianoche en París”.

A mi parecer, es un libro ideal para leerlo de a ratos y no de un tirón. Qué sé yo, diez páginas por semana, así, a dosis. En vez de tomarte una dosis de chamamé, te tomás una dosis de Tallón. Y va bien. Al menos así lo hice yo, teniéndolo como segunda lectura mientras avanzaba con otros libros. Creo que leyendo muchas columnas de un saque, pierde el efecto, y hasta se haría un poco repetitivo. 

Es una obra de la que se aprende. No a ser mejor escritor ni nada por el estilo. Pero sí a partir de las anécdotas, de las experiencias relatadas, de todas las otras obras, autores y películas que se mencionan. Es casi menester tener un anotador al lado e ir anotándose próximas lecturas o curiosidades. Yo, por ejemplo, quedé con unas ganas locas de leer “El halcón maltés”, de Dashiell Hammett, entre otras varias. 

En fin, es un libro que genera una amplia gama de reacciones. Desde identificarse, hasta cagarse de la risa, interés, enojo, acuerdos, desacuerdos. Es una ensalada. Y eso es posible por la diversidad de temas, muchos, muchísimos, cotidianos, de esos que generalmente se pasan por alto. Como, por ejemplo, “Las comas mal puestas”, “Fascinación por el váter”, “Los calcetines de ayer”, “Haga una mudanza”, “El gin tonic es Dios”, y una que me encanta, pero que es más reciente y no está en el libro “La superioridad moral del lápiz”

“Mientras haya bares” es una fiesta. Quizás no una obra maestra de la literatura universal, no obstante, dentro de los puntos estratégicos que toca entre página y página, da los pases justos y precisos, y define los tiros libres tan bien como Juan Román Riquelme.

Y lo cierro como lo empecé, con otra cita textual. “No importa que las cosas vayan mal, que la situación sea crítica. Ningún problema es irreversible si hay sesión vermú. Tomemos el ejemplo del Titanic. Sí, golpeó contra un iceberg, el choque le metió un boquete carajudo al casco, pero hubo fiesta. Hombre claro. La orquesta no dejó de tocar porque la embarcación se empinara y finalmente se hundiera. No hubo singladura más feliz, por mucho que acabara en tragedia. La lección es clara. Hay que aprender de la historia y, a toda costa, ponerse de fiesta. Los indicadores se hunden, como el Titanic, el paro escala, la democracia expira, la banca se forra, nosotros estamos contra las cuerdas, pero por suerte alguien pinchará rock and roll para amenizar el desastre”, (“Ningún problema es grave si hay sesión vermú”). 

Mi calificación para el libro: 5 estrellas.

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